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Las haciendas de Yucatán

     
 

El resurgimiento de las HACIENDAS

Alrededor de la ciudad de Mérida, el paisaje uniforme de selva baja está interrumpido aquí y allá por altas chimeneas rojizas. Indican la presencia de antiguas haciendas henequeneras que conservan vestigios de la industria y del tipo de vida que ellas se llevó.

Las haciendas henequeneras surgieron hacia mediados del siglo XIX gracias a una singular planta pariente del agave, el henequén, también conocida como sisal. La extraordinaria demanda de fibras duras en el mercado internacional, principalmente para la industria cordolera norteamericana, suscitó que, durante 1880 y 1920,  el henequén se convirtiera en el eje central de la economía yucateca, transformando el paisaje en hectáreas de “oro verde”. El henequén declinó después de la Segunda Guerra Mundial al ser desplazado por las fibras sintéticas.

Las pencas de esta planta milagrosa producen unas fibras duras que fueron utilizadas para confeccionar bolsas y cuerdas de diferentes tamaños, desde cordeles finos para colgar hamacas, pasando por sogas para amarrar los fardos de trigo o heno, hasta poderosos cables, tan anchos como un tronco, que sujetaban los barcos a los muelles del mundo.

Hoy en día, las numerosas haciendas son el testimonio de esta opulenta época. En su mayoría sobreviven como poblados; algunas procesan aún el henequén a pequeña escala mientras otras fueron habilitadas como hoteles de gran lujo, paradores turísticos y museos, siendo majestuosamente restauradas de acuerdo a una amplia investigación histórica y arquitectónica.

Muchas haciendas en su origen fueron estancias ganaderas o maiceras, rehabilitadas luego en henequeneras, lo cual dio lugar a una variedad de estilos.  Sin embargo, por lo general, comparten algunos rasgos característicos: esquema longitudinal, escasa ornamentación, austeridad, simetría en puertas y ventanas, así como trabajos de herrería y carpintería de gran belleza. La entrada a la hacienda está a menudo señalada por pintorescos arcos de influencia morisca. Tanto los espesos muros de piedra enyesada de los edificios principales, como los techos inclinados de teja importada de Europa, protegían a los habitantes del intenso calor, mientras que la orientación de la casa, favorable a los vientos, permitía el libre paso del aire por su interior.

Todas las haciendas estaban conformadas por las mismas dependencias. En torno a un amplio patio, el casco –con la casa principal, la capilla, la tienda de raya, la sala de máquinas, los edificios de servicio y la cárcel- era su centro económico y social. Dentro del recinto delimitado por muros, se encontraban también la noria, el huerto, los corrales, las explanadas de maniobra y el tendido de las fibras.

Las haciendas estaban administradas por mayordomos, y tenían sus propios medios de pago y control financiero; el patrón preveía los bienes indispensables a sus trabajadores y fijaba las normas de conducta. La sistematización del trabajo henequenero llevó a los hacendados a construir poblados con una planeación ordenada y una arquitectura sencilla pero duradera para sus obreros. Los mismos hacendados, por lo general residían en lujosas mansiones en Mérida, trasladándose por temporadas con sus familias a sus propiedades que funcionaban como lujosas casas de campo.

Laborioso, el corte de las pencas requería de una numerosa mano de obra. Además de la gente local, se empleaban tamién trabajadores chinos, coreanos e indios yaquis. Los trucks (pequeños vagones) montados sobre las angostas vías férreas Decauville transportaban las pencas, de casi dos metros y medio de largo, desde los infinitos henequenales hasta la desfibradora, y luego las fibras a los tenderos. Las largas vías también llevaban a los pueblos cabecera y comunicaban a las haciendas entre sí.

Varias haciendas preservan la esencia de los días gloriosos del henequén. Recientemente remodeladas, son una alternativa para rescatar una parte primordial del patrimonio histórico de Yucatán. Con los elegantes arcos de sus entradas, las mecedoras de mimbre en sus frescas verandas, sus pisos de mármol y sus retratos en sepia, representan una romántica puerta abierta a esta página de la historia de Yucatán. Dentro de un ambiente silvestre realzado por frondosos jardines donde faisanes y pavos reales pasean pausadamente pintando con sus delicados plumajes la vegetación, algunas de ellas son lujosos refugios de descanso con mucha privacidad, así como puntos de partida para explorar una región rica en maravillas naturales y culturales.

 
 

  


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